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​Territorio, Memoria y Protección Colectiva


 

Los cinco analistas de riesgo de la Unidad Nacional de Protección -UNP- arriban al aeropuerto internacional El Dorado, en la capital colombiana, acompañados de gran expectativa por la misión a cumplir y el frío bogotano que, a esa hora de la madrugada, cala los huesos. Les espera un vuelo corto, comparado con el recorrido terrestre que deben hacer luego de aterrizar en su sitio de destino.

Son jóvenes profesionales colombianos que deben recorrer grandes distancias, muchas de ellas a pie por escarpadas trochas, a lomo de mula o en lanchas que se pierden en profundidades selváticas. Lo hacen con la certeza de que aportan así al cambio de este país, en especial al mejoramiento del nivel de vida de las comunidades más vulnerables de Colombia.

Al llegar son recibidos por representantes de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, ACNUR, quienes los acompañarán durante el tiempo que estén en la zona. Una vez en el sitio de encuentro previamente acordado con líderes del sector, les presentan a algunos de ellos, que harán las veces de guías por esos territorios que sólo ellos conocen tan bien.  Aunque el acceso a la zona es agreste normalmente, en época de lluvia aumenta; además, la comunicación y la movilidad son difíciles. Así, empieza una larga travesía; ahora el calor y la humedad hacen que, de cuando en cuando, extrañen el frío que dejaron atrás.

La hospitalidad de los colombianos es un común denominador del que no escapan las poblaciones indígenas de nuestro país. En sus rostros se advierte la sabiduría, el amor por la madre tierra, el respeto por los demás y otros tantos valores legados de generación en generación. En sus ojos brilla esa chispa de curiosidad, hasta de inocencia, que caracteriza a quienes no entienden tantas cosas del “mundo moderno” y lo que han tenido que padecer por siglos, a merced de esa “modernidad”.

La relación entre el territorio y el pueblo que lo habita denota años de lucha y cuidado por este lugar que les une y alberga. Así, el gobierno y la justicia propia se entretejen en el transitar mismo del diario vivir en donde se tiene como guía un río grande e imponente que es esencial para la vida de la comunidad. 

Luego de una noche larga y algo fría, el amanecer sorprende a los  profesionales de la UNP con un espectacular paisaje y un entorno que sobrecoge e inspira respeto; semejante maravilla justifica cada paso y cada gota de sudor. Inicia entonces el taller de valoración de riesgo colectivo que realiza la UNP, el sexto desde que empezó a implementarse la Ruta de Protección Colectiva. 


Gran parte de la comunidad participa activamente en las actividades desarrolladas para establecer las necesidades más urgentes de la población y concertar las medidas de protección, siempre desde el respeto a las costumbres, creencias y normas de su colectividad. Como resultado, se elaboran actas y documentos que permitan dar el primer paso hacia una respuesta institucional articulada, en donde la unidad y la compenetración del pensamiento indígena se materialicen en acciones mancomunadas entre las distintas entidades del Estado colombiano.

El respeto hacia el territorio y la resistencia se mantienen como mecanismos de cuidado colectivo y dignificación de las memorias del pueblo indígena. No obstante, los cambios en la tenencia y el cuidado de estas tierras se reflejan en un sinnúmero de afectaciones ocasionadas por fenómenos como el conflicto armado, la ganadería extensiva y la minería ilegal, entre otros. 

Tras la larga travesía de vuelta, regresan a Bogotá los funcionarios de la UNP, llenos de los aprendizajes que deja el compartir con nuestros valiosos pueblos indígenas colombianos y con la gran responsabilidad de servir como puente entre aquella población perdida en una apartada zona de nuestra geografía y el Gobierno nacional, concentrado en garantizar la protección de su vida, libertad, seguridad e integridad. ​

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  Territorio, Memoria y Protección colectiva.​​​​

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